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rafaeldelarosa

DESAMPARO

               Es todo un reto de la vida, para la vida misma. "Hay que cogerla por los cuernos" y tratar de torearla, aunque sea ella siempre la que salga ganadora y triunfal.            Somos adiestrados, desde que nacemos, a resolver problemas. Nos retamos a sortear obstáculos. La adversidad nos fortalece el carácter. Los errores nos ilustran la senda de la vida. Un recorrido lleno de fango, empedrado y árido.            Desde la infancia a la vejez: sufrimiento, dolor, pena, llanto y sentimientos aderezan el barro con el que se modela al hombre.            Nacemos en una almohadilla de sensaciones en la que parecemos ser el centro de todo cuanto nos rodea. Todo son atenciones, mimos y halagos. Todos se preocupan por el recién nacido. Todo se muestra girando a nuestro alrededor. Transcurre el tiempo y con él se vislumbra que somos el eje de rotación de muy pocas cosas. Que la vida "¡es una mierda¡". Vivimos entre el  sueño de cómo vivir y la realidad de cómo vivimos.            Descubrimos que, ni tan siquiera, somos imprescindibles. Esto es algo que nadie nos ha enseñado. Algo para lo que estamos muy mal preparados.                        Cada cosa, cada momento, cada persona suman una circunstancia, forjadora del carácter individual. Poco o casi nada nos ha servido para afrontar la inevitable esencia de la vida: la muerte.            Se presenta una sola vez y fulmina, pero se nos anuncia a lo largo de toda la vida, en la que se nos ha pretendido una formación para acogerla en su debido momento. Pese a ello, siempre, nos coge por sorpresa. Sin saber hacerle frente. Es difícil de esquivar. Perenne. Aguda, con afilada guadaña y vestida con manto negro. Terca y con muy "mala leche". Más cruel temerla, que sufrirla.            "Fin de la vida" es como es definida en el diccionario.            El excéntrico artista Andy Wharhol, que también sucumbió a sus encantos, se negó a creer en ella "porque uno no está presente para saber que efecto ha ocurrido". Pudiera ser afrontada con el mismo tratamiento que le dispensó el revolucionario francés Robespierre, que considero la muerte como el inicio de la inmortalidad.            Todos deseamos pasar de este inexcusable trance sin darnos cuenta, sin sufrimiento. Pensamos constantemente en ella, sobre todo cuando nos ha tocado de cerca. Quizás sea este el motivo que me ha llevado a profundizar en ella. Con ánimo de transmitir mis sentimientos y sensaciones.                        No se trata de vivir constantemente temiéndola. Si es cierto que con ella regresamos a nuestros inicios, de donde venimos. Compartimos la necesidad de partir y ser paridos en un entorno confortable, repleto de atenciones.            Recuerdo los ratos que, de niño, me dejaba invadir por estas reflexiones que siempre me proporcionaban angustia y llanto. Ahora recreo cada momento y procuro asumir su certeza. Porque tarde más o esté "a la vuelta de la esquina", siempre llega y desearía encontrarme preparado para recibirla, partiendo de la premisa que nunca lo estaré del todo.                 Los hay de los que la buscan y persiguen y no cesan hasta que la encuentran. Mi abuela materna y un hermano de mi madre. Por nervios, sensaciones de angustia. Se les convierte la obsesión del suicidio en una fuerte debilidad para con la que los cobardes pretenden finalizar su constante reto de afrontar la vida.            Recuerdo el momento. Una mañana temprano. Alguien llamó a la puerta. Reconocí la voz de una vecina de mi abuela. Estaba yo en la cocina, inmerso en los estudios. Intuí el motivo de aquella visita mañanera. Creo que, en lo más hondo de mi fondo, esperaba aquel desenlace. Pues resultaba una de las mayores máximas de mi madre, al ser la única hija que le quedaba en el pueblo a su madre.                        A la "Dolores" la vieron pasear temprano por el huerto de "la cafetera", apodo de una de sus vecinas. -A entender que por aquellos tiempos el concepto de "vecino" se elevaba casi a una situación de "familia".-. Dicen que al ver gente de tan buena mañana, regresó a su vivienda. En el patio se descalzó y se valió de una silla de nea para impulsarse al fondo del pozo.            Tuvo que ser mi padre quien la sacara del pozo que tantas veces había dragado, para su limpieza. Años más tarde tuvo que volver a ser mi padre quien acudiese a ese mismo emplazamiento, para descolgar el cuerpo inerte de un hijo de aquella. Ahorcado con varias corbatas atadas al cuello. Final tras el de otros varios intentos, como el de la ingerencia de líquidos abrasivos.            Parece una constante los intentos reiterativos para quien llega a fallecer por voluntad propia. Como un vecino al que el verano pasado se lo encontraron ahorcado en la puerta de su calle. La noche anterior le estuve sirviendo unas copas de la terraza de verano, donde solía contar los problemas que tenía con la mujer de la que se había separado y los que tenía con su hija, fruto de ese matrimonio.            Todo el mundo piensa en esta posibilidad en alguna ocasión, sobre todo en momentos de debilidad. Pero son pensamientos volátiles que para hacerse realidad requieren de un estado de consciencia alterado o grandes dosis de desinhibición.            Apoyado sobre la esquina de una estancia hospitalaria, en la que los pasillos se entrecruzan y se hacen interminables. Padeciendo el hedor característico y la asfixiante temperatura de la calefacción. Todo mi cuerpo se estremeció, mientras mi mente trataba de asimilar el anuncio de la inevitable muerte de mi madre. Una enorme sensación me recorrió por dentro, desde la punta de los dedos de los pies hasta de la punta de los pelos de la cabeza.             Tambaleé y caí. Apoyado sobre la pared y balanceándome sobre las piernas encogidas procuraba huir de la realidad y anhelaba que toda aquella secuencia fuera fruto de una tremenda pesadilla. Por muchas veces que apreté los párpados no lograba despertarme. Todo continuaba exactamente igual.            Un eco de imágenes resonaba en mi mente, con todos mis momentos compartidos con mi madre. Con quien me parió, amamantó. Con quien nunca deja de velar por mis sueños. Imágenes condesadas en, apenas, unos segundos.            Aquel parecía uno de aquellos planos que se repiten, una y otra vez, en el cine.En aquellos malditos filmes que se anuncian "basados en hechos reales". Aquello no era televisión, tampoco la confortable sala de un cine. Aquello no estaba "basado"... resultaba la cruza realidad, por muy difícil que resultase asumirla. Todos resultábamos meros peleles, cuan marionetas atadas a unas cuerdas, que regía la inconmensurable fuerza del destino. Mi padre, mi hermano, tíos, primos. Todos esperando algo inevitable, contra lo único que se podía hacer era: esperar. Con enorme sensación de impotencia.             Esperar, esperar, esperar... sin poder actuar y con la certeza que el temido momento se presentaría, impune.            Muchas, muchas veces desde donde hoy escribo he escuchado, al fondo, su máquina de coser. Donde tantas tardes pasó para confeccionar vestidos con retales, comprados, a veinte duros, en el rastro. Hoy ya no escucho el incesante y acompasado pedaleo de la máquina de coser, sobre en la que hoy aún mantenemos una hucha, con pocas monedas y con la que salía a la calle con la rabia que le caracterizaba, para reivindicar sus derechos y procurar luchar contra las injusticias.            Le habían cortado un pecho. Le pedí me lo enseñara y lo hizo. Ya pensaba en reconstruírselo, aunque aquello a mi padre le daba igual. Porque la quería como era. Estuviese lisiada o no.            Pasó dos años y superó el cáncer, con estoicidad. Sometiéndose a duras sesiones de quimioterapia, a las que tendría que regresar. Llegó a comprarse una peluca y a hablar en un acto público de cómo se llega a superar el cáncer y cómo le había afectado en la convivencia con su familia.                        Todo como si nada, con cierta naturalidad, restando importancia al proceso por el que transcurría durante los últimos años de su vida; y todo por restringirse para sí el sufrimiento y evitárselo a quien le acompañaba.            Pero surgió, otra vez. Sin quererlo y, quizás, en menos tiempo del esperado. Volvió el cáncer.            Ahora comenzaría a devorarla muy poco a poco, de forma lenta. Y comenzó a apagar un cuerpo cargado de energía y coraje.            Me ocultaron su verdadero estado y siempre me convencí que ella volvería a ganar a la enfermedad, una vez más. Para regresar con su familia. Entré en su habitación y estaba inconsciente. Con un artilugio en la boca, que le facilitaba respirar. Ya, en otra visita, observé un pequeño detalle que procuré me pasase desapercibido. Consciente de su debilidad por las muñecas de porcelana le regalé una de estas, con unas trenzas; iguales a las que ella lucía de pequeña en el colegio. Ni tan siquiera quiso abrir el envoltorio. Aunque este era un signo a considerar, quise restarle importancia por temor a lo que estaba, de por sí, desvelando.            En el último momento regresé a su lado, ya se había ido. Con los ojos abiertos, creí ver como abandonaba su cuerpo. Ella ya no estaba allí, aunque sí su cuerpo. En ese momento comenzó a intensificar su vida en la mía.             Ya han pasado dos años y continúo negándome a ir a un muro en el que tan sólo reza su nombre. Muro de lamentaciones y despedidas. No, no. No está allí; porque aquello no tiene nada que ver con mi madre. Porque ella es, fue y será mucho más que todo eso.            Su marido se deja morir en vida, llevando todos los domingos un ramo de flores a su lapida y otro junto a una fotografía vacía sobre la mesa del salón. En casa nada ha vuelto a ser lo mismo. La vida no ha vuelto a ser la misma.            Muchas veces me levanto y espero encontrarla limpiando la casa, una de sus manías, con la radio encendida. Relatando, dando de comer al perro o chillando a los gatos. Y ya sólo queda en mi memoria todo aquello. Confiar, esperar soñar con ella más noches de las que sueño. Para, con ello, poderla tener conmigo. Más fuerte que una caricia, más dulce que un beso, más eterno que un abrazo: su recuerdo.            Han pasado largos días de llanto, de dolor que lastima la garganta y penetra en el pecho hasta destrozarlo. Tirado por los suelos, oliendo su ropa, notando su ausencia. Si eso fueron los comienzos de aquellos tristes días sin ella... ahora es otra cosa la que quiero: regocijarme en su recuerdo.             Dejar que su recuerdo me deje de satisfacción, con una enorme sonrisa en la cara. Porque conviene reír sin esperar ser dichoso, no sea que la muerte nos sorprenda sin haber reído.            Ante esta evidencia que el ser humano se resiste a aceptar, desde tiempos inmemoriales las religiones han velado en pro de una solución de emergencia para soslayar esta angustia.            Así, los celtas creían que tras la muerte se emprendía un viaje hacia una lejana isla, cargada de misterio: era la evocación el anhelado paraíso. Estos druidas otorgaban al guerrero muerto su acceso directo.            Por su parte, la metafísica egipcia atribuía al hombre tres cuerpos espirituales y otros tantos materiales. El espiritual Ka acompañaba al difunto para, haciendo frente a las adversidades, alcanzar el paraíso.            Y mientras se dilucidaba si era digno del difunto debía ser pesado en la balanza de los dioses: en una divinidad, o, por el contrario, del infierno, a un lado del platillo se encontraba el corazón del juzgado y en el otro, la pluma de la verdad del Dios Maat.            Ante Thot y Anubis debería demostrarse "no haber cometido pecado contra el hombre, no haber desagradado a los dioses, haber respetado las jerarquías establecidas, no haber matado, ni inferido pena o sufrimiento a los demás".                           En Oriente, el Taoísmo ha determinado la cultura china en esta materia. Esta propone la búsqueda constante de la larga vida a través de la contemplación, profunda meditación y el desprendimiento de los valores terrenales.            Con esta milenaria filosofía el adepto alcanza, lejos de la relación espacio-tiempo, la iluminación que le proporciona la sensación que su cuerpo se ha disuelto. Además, la creencia otorga el premio de cohabitar con aves y dragones a quien logra desprenderse de los valores terrenales.            El bien y el mal han sido una constante en las diferentes culturas y han adquirido misticismo al relacionarse con la muerte. Así, el bondadoso en la tierra obtendrá el premio; mientras que el pecador obtendrá el castigo.             En el antiguo panteón maya del Yucatán del dios Aham gobernaba el cielo y la tierra, simbolizando el bien, mientras Ah Puch, dios de la muerte, reinaba en las profundidades del averno.            Ante el temor a que la muerte llegara a ser el auténtico final de la vida, las religiones premian al hombre con la esperanza que se trate de una mera transición. De esta forma, la reencarnación es empleada por el budismo, hinduismo, mayas... La resurrección se convierte en credo para judíos, musulmanes o cristianos.              Fanatismo que lleva a ciertas culturas sudamericanas a practicar el dogma de la resurrección de los muertos, convirtiendo a estos en zombis.            En cuanto al proceso fisiológico de la muerte. Este es lento, y presenta secuencias muy semejantes en la mayoría de los casos, ya que los fenómenos que se producen están encaminados a la destrucción del cadáver.            Este presenta un electroencefalograma plano, acompañado por un descenso de la temperatura corporal.            La autodigestión hace que se reblandezcan los conductos, interviniendo los microorganismos, que, a su vez, propician un aumento del volumen del cuerpo.            Esto se debe a la continua segregación de gases, que rompen la piel formando burbujas espumosas y pestilentes. En este momento acuden los insectos necrófagos, con una temperatura de cuarenta grados.            El cadáver será pronto esqueleto que, con el paso del tiempo, quedará reducido a polvo. A veces tras la exhumación posterior  presenta un estado casi incorrupto, a lo que se atribuye a un espacio vacío de aire que ha evitado su descomposición.            En la antigüedad se recurría a métodos esperpénticos para diagnosticar el fallecimiento. Desde el papel de filtro, con solución de subacetato, hasta el espejo o las saniguelas. En la actualidad los avances tecnológicos avalan un diagnostico fidedigno.            ¡Luz, más luz! Pidió el escritor alemán Goethe en su lecho de muerte, auspiciando su proximidad a un haz cegador y resplandeciente.            Largos pasillos, túneles y focos de luz se presentan como factores en común de relatos de cuantos se han aproximado a experimentar con la muerte. Nadie a regresado para intercambiar sus sensaciones, pero no cesan los testimonios de convencidos moribundos que han experimentado con ella.            Cultura, mentalidad y creencias son factores que repercuten en el halo alucinatorio de cuantos confiesan estas vivencias. Luces cegadoras, conversaciones con seres fallecidos o túneles que se recorren. Los sicólogos atribuyen estas visiones con la identificación personal con la muerte.            Perdurable, hasta no hace mucho, por la guadaña.            José Trigo, amigo y poco entendido por quienes le conocimos, era uno de esos que ponderaba las relaciones personales. Con una buscada soledad y siempre acompañado, no pedía más que lo que la vida le legó.  Profesaba enorme admiración por su madre y gran respeto a sus semejantes, a quienes adoctrinaba sobre la vida.                           Contaba, sin cansancio, una y otra vez su experiencia. Dado por muerto por los médicos, una enfermera se dispuso a llevar su cuerpo al tanatorio. En el ascensor, Pepe se incorporó sobre la camilla, ocasionando lógico asombro a su cuidadora, que no cesaba de gritar, con angustia y desesperación. Lo que contaba después de este relato se distanciaba del entendimiento, pero no por ello era escuchado con menos interés.            Basta mirar a nuestro alrededor para reconocer la importancia con la que se ha dotado a este último trámite. A lo largo de la historia y hasta nuestros días, en los que se ha llegado a mercadear con el dolor y la aflicción; casas de seguros ofertan por facilitar el más confortable de los descansos con programas de crédito y financiación.            Existe también la filia necrófaga de aquellos que incrementan su colección de objetos mortuorios, aunque para ello se tenga que potenciar el tráfico de un emergente comercio de astillas de ataúdes, mortajas o tierra de diferentes cementerios.            Los más ingeniosos retan con comicidad y burla. Y aseguran dormir cada noche en el que será su lecho de muerte. Otros se jactan de haber convertido sus casas en museos temáticos, con toda clase de parafernalias.                         Los primeros rituales de sepultura se remontan a 50.000 años antes de Cristo, en la frontera turca de Shandar, en Irak. Aquí fueron encontrados ocho esqueletos neandertales bajo un montículo de rocas.            Desde entonces grutas, refugios y construcciones diversas han servido para rendir tributo a nuestros muertos con los rituales de la incineración, enterramientos o embalsamamientos; según creencias y culturas. Prácticas que han perdurado y construcciones, como panteones, necrópolis, pirámides o dólmenes, que se han convertido en objeto de culto.            Formaciones naturales han sido bautizadas por el hombre con alusiones claras, como la depresión californiana del Cañón de la Muerte o el mar Muerto, entre Jordania e Israel. El saber popular ha querido mostrar su trascendencia con expresiones como "echarle el muerto a uno", "el muerto al hoyo, el vivo al bollo" o "hacerse el muerto".            Las leyendas han despertado un posible encanto oculto a negociar con el alma. Se erige así el relato de cómo el doctor Fausto encontró, bajo la forma de Nefisto, un diablo con el que negociar la eterna juventud.            La familia es importante en todo esto, como esos pocos amigos.            Si hay adversidades por superar, estas necesitan de la ayuda ajena. Del golpe en la espalda, de un guiño o un buen gesto. De una mano amiga.            Tres son las hermanas de mi padre y ahora una ha tenido su gesta con la guadaña, que le ha arrebatado a su marido. Una persona que ha valorado los encuentros y reuniones familiares, de las que ha sabido disfrutar en el confort de su hogar o al calor de la leña, a campo abierto.            Recuerdo cena de Noche Buena en su casa. Cada uno contribuía con el pavo, mazapán o champaña. Toda una gran familia para la que la mesa más grande se hacía pequeña. Una de esas familias que a las grandes celebraciones asistían juntas y en las que las generaciones se han ido agrandando y estrechando vínculos.            Paco Mata deja a su mujer, que es mi madrina y a dos primos con quienes una palabra, un abrazo o un gesto ya es un cariño. Y algo duro como es haber pasado por lo mismo. Supone una desgracia que ya compartimos tres pares de hermanos, seis primos.            Me negué a ir a ver a mi tío en aquel mismo hospital de largos pasillos y que, aún verlo desde la carretera, me produce escalofríos. Recuerdo que antes del traslado sí fui a visitarlo. Contenido sólo logré darle un beso y un abrazo. No pude más y tuve que abandonar la estancia, en busca de un dulce y café para mi tía, como excusa. Como si el sentimiento me fuera delito exteriorizarlo.            Pudieran comprenderse distintos estadios ante la muerte.            Cuando nos resistimos a lo irremisible. Cuando, próximos a la aceptación y superada la etapa de cólera, asumimos con cierta pretensión de postergar. Aunque no debiésemos postrarnos con un anhelo ante la muerte, propio de un avanzado estado depresivo.            Siempre nos confortará la posterior valoración de nuestros logros y el asegurarnos de ser recordados por cuantos compartieron sus vidas con la nuestra.            Muerte trágica, reprochable, al menos; la de quien, después de tanto escribir, tanto le escribieron: 

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