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rafaeldelarosa

DESPROPÓSITO

DESPROPÓSITO

                         Los transeúntes se resguardaban del viento y la lluvia bajo paraguas agitados contra sus cuerpos. El pedregoso asfalto se convertía en peligrosa superficie para el resbaladizo calzado y las pezuñas de los caballos de arrastre. Todos contaban con el mismo propósito de encontrar cobijo; en los locales más próximos o en sus viviendas.

                         No habían niños chapoteando en los charcos, ni huraños prestamistas o banqueros a la caza y captura de sus presas. Ni tan siquiera el puesto de castañas estaba abierto. Pronto sólo recorrerían los cruces de las calles la maleza seca, en vertiginoso arrastre no sólo por la pendiente.                         Las copas de los árboles crujían, el aire soplaba con fuerza y las gotas de lluvia habían iniciado la competición por las resbaladizas lunas de los establecimientos. Impacto súbito el de las milésimas partículas rotas en cada golpe contra los charcos del asfalto. Onda expansiva confundida en su propio reflejo.                         El frontal de aquel espacio cerrado se encontraba ocupado por un enorme espejo. Cuarteado y con marco de madera envejecida. La impresión de imágenes tan juntas y próximas que parecían una; con tan extrema similitud que resultaban mucho más que iguales. Rostro inmerso en la tristeza, de ojos cansados y ceño fruncido. Mirada perdida, solo encontrada en la confusión de mente.                          Descanso confortable, sobre mullido sillón de alto respaldo con orejeras. Por erguido y señorial, con el reposo de la pierna derecha sobre la rodilla izquierda.                         El hielo de su copa se fundía en la bebida de alta graduación, por el movimiento circular de una mano relajada sobre el reposabrazos. El pausado giro de muñeca provocaba destellos del cristal en la penumbra.                         La exigua claridad –proveniente de una llama en movimiento, del estático candil de sobremesa- confundía su sombra con penuria de un habitáculo de nauseabundo hedor a humedad y naftalina. De pesado y elevado cortinaje, confundido en el color rojizo de las telas estampadas de la pared y el terciopelo del asiento.                         Cubil exento de puertas, ventanas y mobiliario. De estremecedor silencio, pasmosa sensación de vacío y sombras en  danza. Cualquier suspiro o palpitar resultaría turbador.                         No por su ausencia de palabras el diálogo debería de resultar carente de profundidad. Sutilmente tentado a jugar con la remota posibilidad de la existencia del alma. Objeto codiciado para el mercadeo y la especulación, en el fraudulento negocio del cambio de expectativas.                                                    Extrañeza la de la arbitrariedad con la que horas fraguaban días de pesados minutos, amortiguados en la métrica milésima de los segundos. Para soterrarse en el calendario prendido del muro de su dormitorio. Distinguir entre laborables y festivos por el relleno de tinta en rojo y negro. Ávida caza de los tiempos perdidos.                         El carácter huraño y taciturno podría exculparle de su constante irritabilidad. Pero aquello era algo que ni perseguía, ni pretendía conseguir. Porque no se interesaba en razonar su temperamento ante quienes sólo parecían absortos en las volutas de humo procedentes del puro que se consumía entre sus dedos. Preocupación que no iba más allá de la propia del ver cómo se les viciaba la atmósfera del cuarto.                         Con la misma rapidez con la que logró desprenderse de ella, saltó sobre su regazo una enorme bola de pelo negro. Con característico ronroneo y sutil masaje sobre sus piernas.                         De sorprendente sagacidad el animal resultaba bello y confiado. De profuso pelaje y cola en constante movimiento sobre el aire. Del mismo color que antiguas creencias populares atribuían al mal fario y otras tantas empeñadas en todo lo contrario.                         El felino volvió a buscar su acomodo, en el empeño de resistirse al abandono. Veleidosa  pretensión de alejarle de la sórdida soledad, con el hundimiento de sus patas sobre las rodillas. De estar erguido pasó a enroscársele sobre su propio cuerpo. Después del prolegómeno de inquieta tuosidad. En la calma y quietud, los ojos se cerraron y reposó la cabeza.                         Se mostró contrariado, al verse como improvisado lecho de la mascota. La imagen del gato le hacía imbuirse en los recuerdos de su infancia, en la vieja casa de los abuelos sobre la ladera de las montañas rocosas. Junto al pequeño estanque de las aguas de riego, tendido sobre la hierba; jugando con una pelota de trapo y una pequeña gata manchada de blanco y negro. Aquel animal había crecido con él y en la noche solía descansar junto a sus pies, en la misma cama. En las tardes, le observaba la pesca en el riachuelo. Mostrándose expectante ante la limpieza de escamas y espinas de las truchas que le solía servir de suculento manjar. Incluso recordó haberle asistido al parto, en alguna que otra ocasión.                         Un pensamiento que busca el destierro del futuro bajo profundo laberinto de confusas galerías. Lapidado por compactas losas de granito, encadenado por ataduras de insoldables eslabones. Tentar a la posibilidad de exorcizar sus temores a la soledad y al silencio, con la escapada, la vida, la evasión de la realidad más evidente.                         Sólo los sueños eran fuga de su tormento. Sólo en ellos podía disfrutar de ficticia y breve paz. Cada despertar se le había convertido en ansiedad de verse atrapado por los brazos de Morfeo.                         No solía despertar la más mínima caridad. Porque a nadie tan ruin podrían ocuparle pensamientos, que suscitasen el más mínimo interés o curiosidad. Porque, sobre todo: tampoco nada podía llegarle a preocupar. Nada que no fuese aquel reloj del que no mantenía alejada la mirada por más de unos minutos. Tres, cinco, o quizás, diez, como mucho.                         Sobre su mano derecha quedaba una esfera de cuarzo, con estampación de círculo interior de puntos equidistantes. Representación del tiempo en la milimétrica segmentación del espacio.                         Aquellas reminiscencias del pasado le suscitaban la exhalación de un suspiro y el dibujo de una leve sonrisa sobre sus delgados y mal dibujados labios. Sus manos se perdían sobre las orejas del animal que descansaba sobre sus rodillas.                         Sobre una de las esquinas, un tejido de fino hilar. Casi invisible, indetectable. Difuminado panel de perfecto enredo octogonal, en el que las líneas se cruzaban en vértigo ante el chisporroteo del reflejo de la escasa luz al incidir en sus vértices. De majestuosos pilares, las aristas superiores. En su elasticidad permanecía aguardando a que el caprichoso y desordenado vuelo de la mosca se viese obstaculizado por la minuciosidad del estudiado ardid.                         La transparencia de las alas no tardaría en quedar enredada en tan viscosa maraña. Como suplicio, aleteaba con fuerza en intento fallido de escapada. Largas patas de la expectante cazadora se agitaban al aire en su aproximación al manjar. Lucha encarnizada entre la supervivencia y la supremacía.                         La gravedad de su misantropía le llevaba a refugiarse en un extremo aislamiento; del que, cada vez, le resultaba más difícil escapar. No podía controlar las graves alteraciones de la personalidad. Pasaba con facilidad del entusiasmo al decaimiento, de la alegría a la tristeza, de la motivación a la indiferencia, de la euforia al abatimiento.                         Se le despertó un repentino instinto introspectivo. Necesidad de autoanalizarse e intentar descubrirse. Alejado de las lamentaciones. Saturado por el odio a sí mismo, como mero ser contemplativo, entró en cólera. Arremetió contra su victimísmo, desencadenó la rabia contenida y se alzó en pie, tomando entre sus brazos a la mascota que descansaba en su regazo. La copa cayó al suelo, fragmentándose en mil piezas de cristal dispersadas.                         Con firmeza y paso decisivo, alcanzó el enorme espejo. Se situó frente a él. Con la mirada perdida en sus ojos, con la vista puesta en lo más profundo de sí mismo. La imagen le mostraba tal y como era. A ese ser extraño del que pretendía huir. Si el lamentarse del reflejo hubiese sido lo mismo que de lo que deseaba deshacerse: lo hubiese hecho. Se hubiese lamentado de sí mismo.                         Se atusó el pañuelo atado al cuello, peinó con los dedos el cabello alborotado y dejó entrever el pañuelo oculto en el bolsillo superior de la chaqueta. Adquirió el compromiso de dar utilidad a la olvidada cuchilla de afeitar, para desprenderse de los vellos que camuflaban su rostro.                         Las fumatas blancas de las chimeneas retrataban el resucitar de las actividades hogareñas, aletargadas en su dormitar por la borrasca.                         El día comenzaba a clarear con la misma facilidad y majestuosidad con la que se abrían los pórticos de la parroquia al paso de los feligreses hacia su templo.                         El silencio de las calles se inundaba del ladrido de los perros callejeros, del ajetreo de los juegos infantiles en la plaza, lectura de la prensa matutina. La cesta de la compra comenzaba a abastecerse de víveres, preparativos del almuerzo.                         El canto de las gallinas y del gallo del corral vitoreaba el alejamiento de la lluvia, como en cada despertar que anunciaba el alba. El trinar de los pájaros se escuchaba entre las ramas más altas de los árboles.                         El caminar lo inició con paso firme y convencido, por uno de los laterales de la calle descendente. Sobre la cabeza asomaban los balcones salientes de las casas que hacían esquina. En el suelo las piedras se disponían  en caprichosos mosaicos irregulares. De cantos oscuros, blancos, ocres y negros. Entre sus separaciones brotaba el mismo musgo de la superficie.                         A su caminar se había incorporado el acompañante de cola ondeada al aire, sugerente movimiento de cadera y cautivador ronroneo. Con algún maullido susurrante dejado escapar. Seguimiento cauteloso, desde la distancia, pero sin dejar perder la vista al improvisado guía adoptado.                         Al llegar a la plaza hizo un alto en su caminar, para aproximarse a una anciana con pañuelo sobre la cabeza y toga de lana en los hombros. Desde su asiento en la silla de enea atizaba el fuego de un caldero agujereado del que saltaban chispas. Sus arrugadas y trabajadas manos le acercaron una bolsa de papel que había llenado de castañas asadas. Sin llegar a levantar la cabeza –oculta por los hombros- saludó a su cliente con referencias a la climatología y deseando que todo mejorase con el transcurrir del día.                         Al tomar la bolsa sobre la mano izquierda quedó al descubierto una venda, que taponaba la herida del dorso de la muñeca.                         En el despertar de aquella mañana su figura se ocultaba entre el vapor producido por el agua caliente que de la ducha caía en la bañera, de cuatro patas de bronce.                         El reflejo de su rostro desaparecía del espejo al ocuparlo el bao producido por el vapor. Su torso desnudo se postraba sobre el lavabo, soportando la presión ejercida por los brazos. Al lado del jabón se encontraba un frasco de barbitúricos vació.                          La toalla prendida de la cintura se deslizó hasta caer al suelo, conforme se introducía en el baño. Dejó reposar la cabeza sobre la pared y acomodó el cuerpo a lo largo del baño de espuma. Poco importaba que la grifería hubiese quedado abierta y el agua comenzase a desbordarse de la bañera.                         La misma cuchilla de barbero que utilizaba para el afeitado ejercía leve presión sobre las sobresalientes venosidades  de su muñeca izquierda. La mano que la sujetaba temblaba, ocasionando golpes imprecisos que no lograban más que magullar la piel. Gotas de sangre descendían sobre el brazo hasta teñir de rojo la blanca espuma.                         La música sonaba de fondo y los párpados se cerraban, al tiempo que se daban las primeras noticias de la mañana por la radio.                         En la firmeza del cuerpo y la rigidez del brazo sintió el deslizar del reloj sobre su muñeca. Nunca antes le había pesado tanto la máquina del tiempo. Bajó la cabeza, con reflexión de la mirada. Pensó, dudó y actuó desprendiéndose de aquella, para arrojarla con furia sobre sus pies. La cuchilla quedó enredada sobre las curvas de la toalla en el suelo.                         La letanía del pausado repique de las campanadas anunciaba el clarear de un cielo poblado de nubes, con el disipar de algodonales. Figuras en su cabalgar por el espacio. Los rayos de sol comenzaron a florear y a penetrar por oquedades emergentes e incidir sobre los charcos del pavimento empedrado. Dibujando pequeños arco iris multicolor.                                                 

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1 comentario

miguelangel -

rafa, como te dije hace un rato, quiero acercarme a ese mundo de la letra que traduce lo que llevamos dentro...
lo que he leido, me ha gustado.. es para leer con mas calma... tambien las demas cosas que presentas...
de verdad que hay mucha vida dentro y parte de ella la visualizas en letras, imagenes, fotos, colores... de verdad, interesnate... gracias. limon.
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